El panqué de rompope y chocolate, clásico de clásicos, es bello por adaptable. A veces no hay rompope, y se sostiene con licor de café. Otras no hay cocoa en polvo más que la de un sobre de ChocoLeche (ugh), pero hay, sí señor, tabletas de Ibarra, listas para fundirse junto con las dos barritas de mantequilla en chocolatoso jarabe.

La generosa ración de manteca destas tabletas hace de esta mezcla un pan escandalosamente húmedo, al borde del budín. Recién salido del horno resulta un tanto pastoso; cocineros menos pacientes se verían tentados a descartar la receta.

No obstante, es don del teobrominómano la paciencia para el postre, sobre todo cuando hay alcohol de por medio. Hay que dejarlo enfriar en el molde, ya cortado en rebanadas picoteables, para mejor circulación del aire.

Como todo envinado y enlicorado, este panqué no alcanza su cúspide sino hasta el día siguiente. Las rebanadas habrán encogido ya un poco, así que será fácil desmoldarlas y repartirlas en sendos platos para postrear con los dedos (¿Tenedor? ¿Para qué?). Café o leche necesarios, de tan dulce que resulta.

2 Comments:

  1. alonso ruvalcaba said...
    este pastel habría de pertenecerme!
    Vida said...
    Pertenecíate, niño Alón, pertenecíate, pero quedóse horneado y alborotado. Y ya ves que los panquéses despechados son harto vengativos, se entregan al primero(a) que pase.

    Je.

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